La verdad oculta tras la “Gripe Española”, la última pandemia de hace un siglo

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El 4 de marzo de 1918, el cabo Albert Gitchell del Ejército de EEUU reportó que un centenar de soldados de Camp Funston, Fort Riley, Kansas, sufrían síntomas de tipo gripal. Eran los militares que conformaron la primerísima ola de víctimas del fenómeno que desde entonces sería llamado por las autoridades como “La Gripe Española”. Esta epidemia se diseminó rápidamente en otros campos militares y prisiones, y luego sobre los campos de batalla de la Primera Guerra, ya que fueron 84 mil soldados de los EEUU que desembarcaron en Europa en marzo de 1918, seguidos de 118 mil en abril de ese mismo año. La “Gripe Española” mataría 675 mil personas en EEUU y hasta 65 millones por todo el mundo, según las estimaciones más elevadas.

La “Gripe Española” no fue jamás una gripe viral, pero sí una neumonía bacteriana inducida por una campaña de vacunaciones experimentales.

En efecto, del 21 de enero al 4 de junio de 1918, los soldados de Camp Funston se convirtieron en los sujetos experimentales, las cobayas, de una nueva vacuna contra la meningitis bacteriana, impulsada por el Instituto Rockefeller para la Investigación Médica de Nueva York, e implementada por el teniente Peter K. Olitsky. El reporte explicando los detalles de los distintos procedimientos lleva por título “A report on antimeningitis vaccination and observations on agglutinins in the blood of chronic meningococcus carriers” y data del 20 de junio de 1918.

Según ese reporte –redactado por el eugenista Frederick Gates– es casi la totalidad de los soldados del 342° Regimiento de Artillería que se ofrecen voluntariamente para recibir esta vacuna, tras solo un caso de meningitis en ese regimiento durante octubre-noviembre de 1917. El reporta señala además que fueron más de 5 mil los soldados usados como cobayas. Esta campaña de vacunación experimental consistía en 3 inyecciones de 2.000 millones, de 4.000 millones y de entre 4.000 a 8.000 millones de meningococos con intervalos de algunas semanas.

Portada del revelador informe de Frederick Gates.

Frederick Gates redacta igualmente otro estudio, en junio de 1918, titulado “Antibody Production after Partial Adrenalectomy in Guinea Pigs”. Este servía de continuación a otros dos del mismo tipo: uno, de 1907 -“Serum Treatment of Epidemic Cerebro-Spinal Meningitis”, de Simon Flexner y Joblings-, y otro, de 1916, -“A Method for the Rapid Preparation of Antimeningitis Serum”, de Amos y Wellstein-.

Simon Flexner fue el primer director del Rockefeller Institute for Medical Research, entre 1901 y 1935. Trabajaba específicamente en las vacunas anti-polio. Es su hermano Abraham Flexner quien fue el autor del nefasto “Flexner Report”, que provocó el cierre de la mitad de las escuelas de medicina en EEUU, todas aquellas que enseñaban homeopatía y terapias de salud alternativas, con el fin de promover la farmacología industrial, la alopatía y las vacunas.

Frederick Gates, sentado, junto a Simon Flexner, figuras claves en el nacimiento de la Fundación Rockefeller

Por esa misma época, Karl Landsteiner trabajaba en paralelo en la poliomelitis, realizando en los laboratorios del Instituto Pasteur de París brutales experimentos sobre monos.

Por otro lado, el Rockefeller Institute for Medical Research fue creado en 1901 por John D. Rockefeller. Su director era William Welch, un eugenista, miembro de la Fratenidad Skull and Bones de la U. de Yale, y director además del Eugenics Record Office Records.

La investigadora Eleanor McBean (nacida en 1905), fuertemente atacada por la comunidad médica oficial, nos deja este revelador testimonio sobre la tragedia sanitaria de 1918, en su libro “Swine flu exposed”, de 1977:

“Fui testigo en terreno de la epidemia de gripe de 1918. Todos los médicos y las personas que vivieron en esa época dicen que fue la enfermedad más terrible jamás conocida en el mundo. Hombres vigorosos y robustos podían morir de un día para otro. El mal presentaba los aspectos de la peste negra, como también de la fiebre tifoidea, de la difteria, de la neumonía, de la viruela, de enfermedades paralíticas, como de otros males contra los cuales las poblaciones habían sido vacunadas. Habían administrado grandes cantidades de vacunas y sueros tóxicos a prácticamente toda la población. La situación se volvió realmente trágica cuando estallaron de golpe estas enfermedades engendradas por la medicina.

La pandemia se eternizó durante dos años, alimentada por medicamentos tóxicos que los médicos prescribían para aliviar los síntomas. Tanto como pude observar, la gripe atacaba principalmente a los vacunados. Aquellos que habían rechazado la vacuna escapaban a la enfermedad. Mi familia había rechazado todas las vacunas; fue por ello que nos mantuvimos perfectamente sanos durante todo ese tiempo.

Cuando la epidemia alcanzó su paroxismo, todos los negocios, escuelas y empresas cerraron. Incluso hospitales. Las enfermeras y médicos que se habían hecho vacunar eran presa de la enfermedad. No se veían personas en las calles. Como nuestra familia no había aceptado la vacunación parecía ser las raras familias sin contagio de gripe; mis padres iban de casa en casa a prestar ayuda a los enfermos, en vista que resultaba imposible dar con un médico. Si eran gérmenes, bacterias o virus los que debían generar la enfermedad, habrían tenido cien veces la oportunidad de atacar a nuestros padres quienes pasaban largas horas por día en las habitaciones de los enfermos. Por el contrario, mis padres nunca se enfermaron ni tampoco trajeron ningún germen que haya podido enfermar a los niños.

Se ha dicho que la epidemia de gripe de 1918 había matado 20 millones de personas en el mundo. Pero en realidad fueron los médicos los que ocasionaron esta hecatombe por medio de sus tratamientos groseros y mortíferos. Es esta una terrible acusación pero no es menos verdadera, a la vista del éxito obtenido por aquellos médicos que no utilizaron los medicamentos.

En cambio del lado de los médicos y hospitales tradicionales, los decesos se elevaban al 33%, otros hospitales no tradicionales, como Battle Creek, Kellogg, MacFadde’s Health-Restorium, lograban prácticamente un 100% de recuperación, con métodos naturales simples, como curas de agua, baños, lavados, ayuno y régimenes alimentarios muy bien estudiados, entendiendo lo esencial de la nutrición esencial.

La naturaleza como neumonía bacteriana de la pandemia de 1918 ha sido presentada por distintos estudios, como por ejemplo, el de 2008, titulado “Deaths from Bacterial Pneumonia during 1918–19 Influenza Pandemic” y publicado por investigadores de EEUU y Australia.

“Los decesos durante la pandemia de gripe de 1918-1919 han sido atribuidos a una cepa particularmente virulenta de gripe. De esta manera, los preparativos para una próxima pandemia se focalizan casi exclusivamente en la prevención vacunativa y en tratamiento antivirales en caso de infección por una nueva cepa de gripe. No obstante, nosotros partimos de la hipótesis que las infecciones generadas por esta cepa pandémica producen patologías muy limitadas (raramente mortales) que han permitido a las cepas colonizadoras de bacterias generar neumonías altamente mortales. Esta hipótesis de infección secuencial queda confirmada por las características de la pandemia de 1918, por las opiniones de los expertos de la época y por nuestro conocimiento actual en lo concerniente a los efectos pato-fisiológicos de los virus de la gripe y de su interacción con bacterias respiratorias. Esta hipótesis sugiere oportunidades para la prevención y el tratamiento durante la próxima pandemia.”

Ese mismo año, 2008, vio la publicación de otro estudio presentando similares conclusiones. Como el estudio “Predominant Role of Bacterial Pneumonia as a Cause of Death in Pandemic Influenza: Implications for Pandemic Influenza Preparedness”, a cargo de un equipo encabezado por Jeffery K. Taubenberger, virólogo de EEUU, con clara adhesión por las vacunas.

“[…] Examinamos fragmentos de tejidos pulmonares obtenidos a partir de 58 autopsias (de cadáveres) y revisamos los datos patológicos y bacteriológicos entregados por 109 series de autopsias […] La mayoría de los decesos producidos durante la pandemia de 1918-1919 fueron muy probablemente resultado de un neumonía bacteriana secundaria provocada por bacterias comunes del sistema respiratorio superior”, señala dentro de sus conclusiones.

Estos mismos investigadores descubrieron estreptococos o neumococos en 98.2% de los fragmentos de los tejidos pulmonares examinados, enfatizando en la naturaleza bacteriana de esta hecatombe.

En resumen, según el informe de Frederick Gates –uno de los principales impulsores tras la creación del Instituto Rockefeller para la Investigación Médica (posterior Universidad Rockefeller)- millares de soldados recibieron varias dosis de una vacuna experimental contra la meningitis bacteriana. Esos soldados desarrollaron entonces síntomas que “simulan” una meningitis y F. Gates, con gran aplomo, afirma que no se trata de una meningitis real, solo una simulación. Esta “simulación” de meningitis fue la iniciadora de la pandemia de 1918-1919.

No vale la pena buscar fotografías de virus patógenos “aislados” en internet. No existen más que modelizaciones 3D, versiones con un abanico de colores sicodélicos. ¿Los virus patógenos tienen una existencia autónoma real, o no son más que construcciones de laboratorio?

Las únicas fotos que encontramos en internet –como el destacado biólogo Stephan Lanka lo ha ampliamente probado-, de virus patógenos de la polio, la rubeola, la viruela, el herpes, la gripe, el VIH, el Ébola, no son más que elaboraciones artísticas al interior de células, con una pretendida carga viral.

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