Radiofrecuencias, 5G y la activación de los virus

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Virus, en latín, significa veneno. El término se emplea con alguna regularidad desde la Edad Media, pero alcanza su vínculo como agente patógeno recién durante el siglo XIX. En ese entonces los investigadores, premunidos de tecnología todavía deficiente -microscopio óptico- serán incapaces de detectar diferencias entre los distintos cuerpos que intervienen en las enfermedades. Parásitos, hongos, bacterias pasarán todos a ser designados bajo una denominación común, virus. Porque algo sí estaba (hasta algún grado) claro: su presencia en el organismo humano iba muchas veces asociada a distintos trastornos en la salud.

Con el pasar de los años, y desarrollado el microscopio electrónico, el panorama se fue despejando. Las distinciones entre cada uno de los corpúsculos se lograron detectar y fue así como los científicos establecieron las distintas categorías, tal como las conocemos hoy. Entre todas estas, la única que se comprobó que no era un organismo vivo fue la más pequeña de todas en tamaño. Se le señaló como un “agente infeccioso” y acabó concentrando el término que hasta antes las agrupaba a todas, virus.

El siglo XIX marcó también el desarrollo de la microbiología. Francia se convirtió en el centro de una confrontación de criterios dentro de esta rama de la ciencia que daba sus primeros pasos. El descubrimiento de esos elementos invisibles al ojo humano, pero que intervenían de manera tan notable en la composición y estado de los seres vivos, despertó un lógico interés -incluso verdadera excitación- en distintos sectores de la sociedad. Los científicos fueron entonces llamados por gobiernos y empresarios para intervenir en diversos asuntos: combatir el gusano de la seda, controlar la fermentación de los licores, e incluso frenar el avance de las enfermedades.

Fue en este último campo que se establecieron las posturas antagónicas: por un lado, aquellos que creían que estos organismos casi recién descubiertos, los microbios, eran intrínsecamente nocivos para el organismo humano y no quedaba más que procurar eliminarlos, o al menos, mantenerlos a raya. Por otro lado, aquellos para quienes estos microorganismos no eran ni necesaria ni invariablemente perjudiciales para el humano, y que en la aparición de la enfermedad intervenían otros factores -los llamados factores ambientales-, no la sola presencia de los microbios.

Por desgracia para la humanidad, la primera de estas posturas fue la que finalmente terminó imponiéndose, y de esta manera, desde entonces, de la mano de Pasteur la confusión ha reinado. Tras la desaparición del francés, la evidencia de que el propio organismo humano está repleto de microbios -la microbiota– que lejos de nocivos, resultan fundamentales para el desarrollo y conservación de la vida, estampó una trizadura demasiado notoria en tan feble tesis. La ciencia hoy, de hecho, explica la presencia de bacterias, otrora consideradas tan perjudiciales, de la siguiente manera: mientras el sistema inmunitario es fuerte, organismo humano y bacterias funcionan y trabajan juntas a la perfección; sin embargo cuando este se debilita, estas mismas bacterias -las de la flora intestinal, por ejemplo- responden como “patógenos oportunistas”. Contundente pero es así: la segunda tesis del siglo XIX es la correcta, las condiciones ambientales sí son determinantes.

“Les Microzymes”, texto fundamental de un científico hoy injustamente olvidado, Antonie Béchamp, para quien determinadas condiciones ambientales incidían en la aparición de las enfermedades. Su nombre fue borrado de los anales de la ciencia oficial.

Respecto al todavía misterioso -y tan temido- virus, su origen no es otro que como desecho, detritus, o veneno, que la misma célula agredida -sometida a determinadas condiciones hostiles- genera. De ahí su tamaño nanométrico y su condición de organismo no vivo sino de mero “agente infeccioso” que tanto ha puesto y pone hoy de cabeza a gran parte de la, por momentos, desorientada comunidad científica.

Una de las más notables agresiones a las cuales son sometidas las células proviene en la actualidad de las frecuencias electromagnéticas. La comunidad científica ha estudiado este asunto, pese a la escasa difusión que obtienen sus resultados. Sin ir más lejos, un equipo integrado por investigadores de EEUU y Canadá publicó en agosto de 2019 uno -orientado a detectar efectos dañinos en la salud por parte de las emisiones de la telefonía celular- donde, en su conclusión, le recomienda a la Agencia Internacional de Investigación del Cáncer reevaluar sus clasificaciones sobre el efecto cancerígeno de las radiofrecuencias, y a la Organización Mundial de la Salud realizar una “sistemática revisión” de los múltiples otros efectos en la salud humana.

No lo dicen precisamente afiebrados adictos a la internet con irreflexiva tendencia a abrazar teorías conspirativas. Lo dicen las voces más serias y autorizadas de la comunidad científica, aquellas que se mantienen a suficiente distancia de los lobbys corporativos. Como la doctora de la Universidad de Atlanta, Linda Goggin, que nos advierte sobre un pesado actor que irrumpe, el 5G: “las ondas del 5G son básicamente mucho más cortas que las del actual 4G; el movimiento eléctrico natural de un cuerpo humano es afectado por las frecuencias electromagnéticas, mucho más por las más cortas del 5G.”

¿De qué hablamos cuando hablamos de ondas “más cortas” del 5G? Las frecuencias de telefonía móvil del 4G, por ejemplo, fluctúan entre los 0,8 y los 2,6 GHz. El espectro del 5G exige frecuencias que parten en 1 GHz y llegan por sobre los ¡24 GHz! Es decir, si los trastornos a nivel celular ya eran substanciales bajo frecuencias del 4G -del estudio de agosto 2019-, ¡estos se multiplican por diez bajo el régimen de frecuencias del 5G!

Descubierta recién en 1958 por el satélite Explorer I, la magnetósfera se ha encargado durante milenios de impedir el acceso de ondas electromagnéticas del espacio que por su excesivamente alta frecuencia resultarían potencialmente mortales para la vida humana. Hoy, con la implementación del 5G, ese mismo tipo de radiofrecuencias pueden haber empezado ya a esparcirse por el planeta.

Coincidentemente, durante la Primera Guerra Mundial el uso del telégrafo inalámbrico por medio de radiofrecuencias para uso militar experimentó un explosivo incremento. Hacia finales de ese conflicto, en 1918, se generó un brote de influenza particularmente violento que se propagó por todo el mundo como pandemia…

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