24/07/2017

Por Pablo Salinas

A mediados del siglo XX, la práctica de fluorar el agua potable se empezó a aplicar en algunas ciudades de Estados Unidos, bajo el supuesto aporte que significaba para la salud dental de la población. Poco a poco, varios países por todo el mundo emularon el ejemplo norteamericano. Chile, con un programa piloto implementando en Curicó en 1953, se convirtió en un país pionero en la región; en pocos años, gran parte del suministro nacional de agua potable recibía fluoruros en forma artificial. Una triste marca. Hoy, pasadas más de seis largas décadas desde entonces, sobran las evidencias científicas que señalan lo altamente pernicioso para la salud humana de esta negligente práctica enquistada en nuestra política sanitaria, echando por tierra uno de los más arraigados mitos de la cultura popular: ingerir flúor no sirve para detener las caries. Por el contrario, perjudica notablemente la salud dental.

Desde los más prestigiosos centros de estudios e investigación a nivel mundial (U. de Harvard, Surrey, Kent), y el respaldo de distintas personalidades del mundo científico y académico (incluyendo al premio Nobel de Medicina Arvid Carlsson), se ha ido acumulando considerable material probatorio respecto a lo abrumadoramente perjudicial (además de legalmente cuestionable) de obligar a millones de personas a ingerir flúor en forma regular. En nuestro país, prácticamente no existían trabajos emanados desde la comunidad científica local sobre esta álgida materia. Hasta ahora.

En la edición de febrero de este año de la Revista Médica de Chile, se publicó un contundente informe, a cargo del Departamento de Medio Ambiente del Colegio Médico de Chile, respecto al impacto en la salud humana de la fluoración del agua potable. En este, se hace una revisión sobre los daños específicamente a nivel neurológico, endocrino y dermatológico, bajo la luz de un copioso conjunto de referencias de la literatura científica internacional. Además, da cuenta de lo ineficaz –aparte de constitucionalmente ilegítimo– de esta práctica en el combate contra las caries. Incluso en los niños, señalando un estudio llevado a cabo por el Departamento de Odontopediatría de la U. de Chile en 2010: desde los 6 a los 8 años, 50 niños de dos escuelas de Pirque recibieron diariamente leche fluorada, comparándose la salud dental de estos con la de otros 50 de escuelas de Maipú, que no recibieron este producto. El porcentaje tanto de caries como de pérdida de dientes resultó ser significativamente mayor en Pirque que en Maipú.

En este sentido, el informe suscribe plenamente la opinión del destacado neurofarmacologista sueco Arvid Carlsson (premiado con el Nobel de Medicina el año 2000), respecto a que la posible efectividad del flúor en la prevención de caries tendría que ver únicamente con su aplicación tópica, y en ningún caso con su ingestión.

Osteoporosis, hipotiroidismo, problemas dermatológicos, cáncer de huesos y Alzheimer son algunos de los males científicamente asociados a la ingesta periódica de flúor. ¿Por qué entonces todavía se mantiene esta nociva práctica en nuestra legislación sanitaria? El doctor Andrei Tchernitchin, presidente del Departamento de Medio Ambiente del Colegio Médico, nos responde: “Porque los odontólogos, que impulsaron la medida, la veían como un logro importante de ellos para mejorar la salud dental de la población. Y como aparentemente mejoró la salud dental, en el MINSAL no querían suprimir la medida. Nadie investigó ni se dio cuenta que en los países donde no se fluoraba el agua potable, la salud bucal ha ido mejorando en el tiempo en forma muy similar.

El destacado médico e investigador chileno, doctor Andrei Tchernitchin, quien a la cabeza del Dpto de Medio Ambiente del Colegio Médico de Chile ha realizado señeros estudios sobre la calidad del aire en Santiago, la presencia de metales pesados en Antofagasta y sobre la contaminación de las aguas del Cajón del Maipo (que le reportó una demanda por parte de Alto Maipo).

La ingeniera Verena Romero, quien colaboró como asesora en el estudio, complementa: “Tanto las autoridades como los políticos tienden a mirar a países que son muy avanzados en muchas áreas, como ejemplos a seguir, sin preguntase cómo lo hacen otros países en el tema. Estos países “avanzados”, están atrasados en muchos temas que repercuten en la salud de la población. La razón, generalmente, es que hay muchos avances tecnológicos que generan externalidades negativas, para el ser humano, la flora, la fauna y el medio ambiente, pero se tienden a ocultar o a minimizar en pro del “desarrollo” mismo.”

Al igual que el doctor Paul Connett, una de las autoridades mundiales en la lucha contra la fluoración del agua potable, el equipo del Colegio Médico (en el que participan especialistas en el campo de la medicina, la química y la biología) coincide en destacar como uno de los efectos nocivos más relevantes de los fluoruros el provocado a nivel neurológico: estudios realizados en China, India y Nueva Zelanda han establecido una conclusión lapidaria: mientras más flúor presente en el organismo, menor el coeficiente intelectual (CI) del sujeto. En otras palabras, el flúor estupidiza. Y no es un mito.

El Colegio Médico de Chile es enfático: se debe suspender la fluoración del agua potable y de la leche, modificando el decreto y el reglamento sanitario correspondientes. El envenenamiento deliberado y sistemático por parte del Estado debe detenerse sin tardar.

El informe completo, pinchar aquí

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