Por Pablo Salinas

El volúmen del debate en torno a la vacunas ha ido en franco aumento en los últimos años. Lo que hasta hace algunas décadas gozaba de un casi nulo cuestionamiento por parte de la comunidad científica y de la opinión pública en general, hoy perdió hace rato su condición inmaculada y se instala de lleno bajo la lupa del ojo crítico. Quienes siguen firmemente aferrados a la tesis de la inoculación de gérmenes como método imbatible para prevenir enfermedades, tienden a desestimar los argumentos de las voces disidentes por carecer de suficiente soporte científico. Frente a siglos de supuesta efectividad de la técnica propulsada por Jenner y Pasteur –cuyo mayor logro sería, nada menos, la erradicación de otrora comunes y letales males-, desde la vereda contraria se presentarían febles argumentaciones que darían cuenta de casos más bien aislados, algunas veces mortales sí, pero que en términos globales alcanzarían un índice más bien marginal y, por lo demás, sin suficiente respaldo de la comunidad científica internacional.

Casi por norma, el aval del “respaldo de la comunidad científica” se impone como un argumento de peso irrebatible. El año pasado, el debate en torno a la vacuna contra el papiloma (VPH) alcanzó un punto álgido. Sus detractores señalaban innumerables casos de daños severos entre chicas vacunadas en distintas partes del mundo, junto a opiniones de algunas personalidades del ámbito médico críticas a la real efectividad de esa vacuna. Aun así, la línea de defensa se atrincheró en la tesis del “daño marginal”, o bien de “víctimas donde que la causa sea la vacuna resulta insuficientemente comprobada”. En efecto, existen miles de adolescentes por todo el mundo afectadas severamente con parálisis y/o daños neurológicos pero, o bien esto se generó por factores que nada tienen que ver con haber recibido la VPH, o bien, estos casos corresponden a los efectos secundarios que todo fármaco, en menor o mayor grado, puede provocar en determinados organismos. Es una ruleta rusa: a ellas desafortunadamente les salió la bala.

De esta forma, el debate sobre la real efectividad de las vacunas entra en un atolladero. Las posiciones incluso se extreman: los pro-vacunas acusan a los detractores de ser ellos los verdaderos criminales por poner irresponsablemente en riesgo a la población con sus llamados a no vacunarse. Adentrarse en ese debate no interesa. No interesan los posturas a ultranza, sintonizar con una discusión donde el nivel del cacareo y la repetición majadera de frases hechas impide ver con claridad por qué y sobre qué verdaderamente se discute. Lo que sí interesa son los hechos. Los datos. Los datos duros, como se ama decir en la jerga.

En enero de este año, en el International Journal of Vaccines se publicó un informe con los resultados del estudio llevado a cabo por dos reconocidas autoridades de la comunidad científica internacional: la física y bioingeniera Antonietta Gatti y el médico Stefano Montanari. Ambos, comisionados por el Consejo Nacional de Investigación italiano (CNR, por su sigla en italiano), entidad pública fundada en 1923, para estudiar los posibles daños co-laterales de las vacunas. Como se ve, en un ámbito perfectamente inserto dentro del establishment de la comunidad científica, los resultados de dicho estudio resultaron ser simplemente alarmantes: las vacunas contienen una serie de micro y nanopartículas, altamente tóxicas, y no declaradas entre los componentes por los fabricantes. Los autores del estudio (que, de hecho, lo inician con la muy ortodoxa línea “las vacunas son una de las más notables invenciones hechas para proteger a la gente de enfermedades infecciosas”) concluyen consternados sobre los alcances del hallazgo fruto de su investigación. El más insospechado cóctel de substancias de tamaño infinitesimal que, a sus ojos, no pueden sino ser consideradas como toda una “proeza de la nano-física” dada su particularmente alta complexidad en su elaboración. Textual: “la cantidad de componentes extraños y, en algunos casos, su inusual composición química, nos asombra.” La gama de micro y nano partículas encontradas es larga: tungesteno, titanio, hafnium, vanadio, estroncio, bismuto, cromo… El estroncio, por ejemplo, es tóxico para los animales y para los humanos. En combinación con otros elementos como el cromo, provoca cáncer al pulmón; en forma de carbonato (SrCO3), provoca contracciones dolorosas en los músculos, como nitrato (SrNO3) genera problemas cardíacos, pulmonares, hepáticos y renales. Gatti y Montanari se extienden: “es importante recordar que estas partículas son cuerpos extraños para el organismo y estas se comportan como tal […] y, por tanto, inducen a una reacción inflamatoria.”

Esta vez, los defensores de las vacunas la tendrán difícil para explicar cómo llegan esos altamente tóxicos componentes a 44 de las más comercializadas vacunas fabricadas por los principales laboratorios a nivel mundial (Sanofi-Pasteur, Pfizer, Novartis, Baxter, GSK). No se trata de sistemática inoperancia ni de simple descuido. ¿Quién puede responder, entonces, qué hacen ahí compuestos de complejísima elaboración (frente a los cuales la élite científica recién empieza a adentrarse en sus verdaderos alcances) y que, además, ni siquiera son declarados por sus fabricantes entre sus componentes?

La publicación del estudio causó verdadero escozor dentro de la comunidad científica italiana y europea. Aún así, no ha alcanzado hasta ahora toda la difusión en los medios que la gravedad de sus conclusiones amerita y exije. Durante los últimos meses, en paralelo, las autoridades italianas de gobierno parecían particularmente afanadas en introducir una importante modificación en la legislación sanitaria de ese país: en mayo de este año se despachó una ley que aumentó de 4 a 12 las vacunas obligatorias entre la población infantil. La contundencia del estudio de los destacados Gatti y Montanari podía representar un escollo difícil de sortear. Los laboratorios no estaban dispuestos a seguir esperando. Después de Italia, venía Francia…

Revisar el informe completo del estudio (PDF), pinchar aquí

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